08 enero 2010

Fábulas de la pendejez I


Contaba mi abuelo que cuando era niño vivía en la ciudad don Lupercio, un pobre infeliz, de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y pidiendo limosna, era mayormente conocido como el pendejo del pueblo.

Decía mi abuelo que todos los días cuando regresaban de la faena en la mina, algunos hombres se reunían en la plaza a reírse un rato del pendejo del pueblo y le daban escoger entre dos monedas, una dorada de gran tamaño con valor de 400 reales y otra color plata de menor tamaño ,pero con valor de 2,000 reales.

Él siempre tomaba la más grande, lo que era motivo de risas y burlas por parte de los mineros.

Un día, un viajero que observo el desarrollo de la ya tan acostumbrada rutina, llamó aparte al inocente hombre y le preguntó si todavía no se había dado cuenta que la moneda de mayor tamaño era de menor valor a lo que este respondió: "Si lo sé, no crea que soy tan pendejo, mi moneda vale cinco veces menos que la de ellos, pero el día que escoja la otra, se acaba el pendejo y no voy a tener nunca más mi moneda".

Para finalizar mi abuelo siempre decía "Quien actúa como pendejo, no es tan pendejo como parece y terminas siendo su pendejo".


Imagen: Billetes y Monedas

2 comentarios:

Mary Carmen González dijo...

Nunca te acostaras sin aprender algo nuevo..

Juan José Aguirre dijo...

Pues tenían razón el pendejo y el abuelo. Siendo no niño, en cada lugar había un "tonto del pueblo" que era objeto de burlas; sólo que el tonto era tonto de verdad y cumplía -sin él saberlo- una función social: descargar las frustraciones de la gente, que necesitaba reírse de alguien más desgraciado que él.
El niño tonto de mi pueblo se llamaba Macario y daba lástima y risa a la vez. Los niños éramos crueles y nos reíamos de Macario y, de vez en cuando, le dábamos un trozo de nuestra escasa merienda.